Cuando oí hablar de Mogarraz, el nombre me sonó raro, mi imaginación se fue a buscar un personaje peculiar, distinto a los demás. Y, no me equivocaba mucho. Mogarraz, es inconfundible, a través de este texto y fotografias vais a poder juzgarlo por vosotros mismos. Muchos habrán estado en La Alberca (Salamanca) o irán a visitarla e ignorarán este pueblo que está a pocos kilómetros.
Al pasar por la carretera, lo primero que llama la atención son unos retratos que están colgados en algunas fachadas de las casas.
Al adentrarnos en el pueblo, todo parece “normal”
La gente de este pueblo, sigue con sus rutinas cotidianas.

Los muros y puertas nos contemplan desde hace varios siglos.
Calles que suben o bajan con el fresco murmullo de sus fuentes.

La bella arquitectura de sus fachadas, evocan otros tiempos, quizás hasta otros paises
Me dejo embriagar por su belleza, por la calma que emanan estas edificaciones
Pero…qué es lo que miran sorprendidos los que visitan por primera vez este pueblo.
Las personas que desde los retratos nos contemplan.
Dicen los vecinos de este pueblo, que desde hace unos años, se empezó a poner los retratos de las personas muertas que habían habitado las casas.
Algunas imágenes son sobrecogedoras, parece que las casas siguen estando habitadas por las personas que tal vez nacieron aquí o, las que dejaron sus últimos momentos de vida en ellas.
La mayoría son retratos, sólo unas pocas muestra medio plano o el cuerpo entero.

Nos miran, nos observan pero…no dicen nada, solo nos recuerdan que están presentes.
Quieren ser testigos del devenir de la historia. De la evolución de sus paisanos y la transformación de su pueblo.
No, no todos están muertos, tambíen han comenzado a poner retratos con su imagen personas que habitan estas casas y están vivas.
Mogarraz es un pueblo vivo.
Que se ha adaptado a los tiempos , ofertando casas de turismo rural.
Para acogernos con sencillez y encanto.
Disfrutar de la tranquilidad de sus parques.
Bares y restaurantes, donde poder degustar los vinos de la zona.
Además de las bodegas, algunos vecinos hacen su propia cosecha.
Paseamos por estas serenas calles.
Un nuevo personaje entra en escena.
Y sorprendidos vemos como esta turista recorre las calles a su aire.
Baja a beber a la fuente, mientras que vemos atónitos la naturalidad de sus gestos e indiferencia ante las muchas cámaras y móviles que captan sus movimientos.
Se arrasca la cabeza sobre la piedra de la fuente. Algunos quieren acercarse a tocarla…porque es una cerda, pero les dá miedo que pueda morderlos. Pero ella, con su tierna mirada nos observa y continua deambulando por el pueblo.
Los rincones nos ofrecen la musica del agua y los colores de las flores.
En mis viajes por los pueblos de España, una de las características comunes a todos ellos es la amabilidad y acogida de sus gentes. Y en este caso, Fatima, nos acoge mostrandonos amablemente su bodega que ha ido convirtiendo en museo.
Con paciencia ha ido rescatando viejos utensilios.
Nos va comentando las utilidades que se le daban en el pasado.
Colocándolos primorosamente, va sumando cada hallazgo que encuentra.
Paño bordado a punto de cruz por Amalia Gascon en junio de 1857.
Ella es la guardiana de estas joyas.
Esta es una de las calles que confluyen en la plaza.
La música de cantos gregorianos impregna la plaza. No, no es la iglesia, que por cierto casi siempre suelen estar cerradas. La musica sale de…
Aquí, este hombre sentado ante una puerta que parece ser una tienda de objetos hechos artesanalmente, escucha los cantos gregorianos, mientras que inmovil, deja sus ojos vagar por un mundo no visible.
Esta cruz llamada crucero se ponía en los pueblos que eran nexo de unión con otros pueblos.
Lo nuevo y lo viejo conviven.
Mogarraz, donde el alma queda prendada.
Y el silencio acaricia el rostro.
Los ojos de los que te observan desde los retratos,
te dan la bienvenida porque quieren seguir viviendo
a través de tu mirada.
Texto e imágenes de Anaís Martín
,



















































































































